Opinión 

El comentario de hoy, martes 17 de diciembre 2019

En los últimos tiempos, a la par de las acciones para proteger el medio ambiente de los efectos del cambio climático; de la toma de conciencia en torno a la salvaguarda de especies en vías de extinción y de las especies vegetales llamadas endémicas, hay todo un movimiento en favor de los animales. Incluso, los legisladores –aquí en Oaxaca, se ha hecho a medias- han aprobado leyes para sancionar el mal trato a los animales.

La premisa en la que se han cimentado algunas leyes es que, como todos los seres vivos, los animales no son inmunes al dolor. También sufren. Los fanáticos de la fiesta brava asisten sin más, a un espectáculo de sangre y dolor. Y lo disfrutan intensamente. La matanza de chivos en la Mixteca, que por fortuna se ha restringido a una mayor privacidad, era antes un Circo Romano, con la salvedad de que los actores inermes e indefensos, sólo esperaban su turno para ser sacrificados.

En los rastros clandestinos se sigue con los viejos métodos. La crueldad va aparejada con la necesidad. No hay de otra para el sacrificio, más que la inevitable y filosa fajilla. Se dice que después de la muerte, aún los tejidos se mueven. Pese a esa supuesta inconciencia, cuando un animal ve la suerte del otro, se aterroriza, tiembla de miedo. Presiente su destino ineluctable. Y los seres humanos, a veces nos hemos asumido inmunes a ese dolor.

Pero hay casos emblemáticos que nos advierten que no todo está perdido. Hace unos años, miles de voces se escucharon para denunciar al conductor de un taxi foráneo que arrastraba a una perrita. “Luna” era su nombre, fue salvada y adoptada. Tiempo después se dio un caso similar. Automovilistas voluntarios, detuvieron un vehículo particular, en donde la conductora tiraba de la cuerda a un perro, de especie menor, que corría jadeando al lado del vehículo en movimiento.

Pues bien, esta reflexión conlleva una denuncia. Desde hace al menos tres meses, vecinos de la Colonia Reforma, en calles aledañas al Hospital Civil, escuchan a diario –no hay excepción- madrugada, tarde o noche, los aullidos lastimeros de un perro. ¿El animal está amarrado, enfermo, encerrado o solo? ¿Tiene hambre, sed, frío? Quién sabe. Pero para quienes hemos forjado una cultura de amor hacia los animales, es muy doloroso escuchar ese llanto, como si fuera música macabra, durante horas y horas.

La casa debe estar ubicada en la manzana entre Calzada Porfirio Díaz, Fuerza Aérea Mexicana, Las Rosas y Heroica Escuela Naval Militar. Desde este espacio, con respeto solicito a las autoridades y a los organismos protectores de animales, investigar y de ser posible, sancionar a los responsables de este caso. Pero, sobre todo, salvar al animal del suplicio en que debe vivir. (JPA)

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